[JOHN HUGHES] KPMG Australia ha puesto las denuncias anónimas en el punto de mira. Parece que quizás aún no haya terminado.
El propio término “whistleblower” me parece subóptimo, haciendo evocar la imagen de un funcionario que anuncia a cualquiera que esté al alcance del oído que algo notable ha ocurrido. Resulta justo plantear, a la luz de las anteriores cifras relativas, que una porción considerable de denuncias anónimas, tal y como ocurre con cualquier otra actividad humana, está basada en entendimiento equivocado, error, o motivos menos nobles (rencores, antipatías personales).
Parece apropiado señalar también que el funcionamiento efectivo de un ambiente corporativo inherentemente depende en algún grado de aceptar los preceptos y la estructura preexistentes: una cultura corporativa continuamente interrumpida por “whistles” [silbidos rápidamente se volverá disfuncional.
Todo lo anterior es solo para decir que es comprensible un cierto grado de cautela y ocasionales pasos equivocados en el tratar con quienes presentan denuncias anónimas.
